Lo verde vende. Desde la revolución verde, pasando por la tecnología
verde, el crecimiento verde hasta llegar a los “brotes verdes”, que nos
tenían que sacar de la crisis. La última novedad: la economía verde. Una
economía que, contrariamente a lo que su nombre indica, no tiene nada
de “verde”, más allá de los dólares que esperan ganar con la misma
aquellos que la promueven.
Y es que la nueva ofensiva del capitalismo global por privatizar y
mercantilizar masivamente los bienes comunes tiene en la economía verde a
su máximo exponente. Justamente en un contexto de crisis económica como
el actual, una de las estrategias del capital para recuperar la tasa de
ganancia consiste en privatizar los ecosistemas y convertir “lo vivo”
en mercancía.
¿Dónde nos encontramos? ¿Dónde han quedado conceptos como “desarrollo
sostenible” ¿O la ratificación de la
Convención sobre el Cambio Climático, que sentó las bases del Protocolo
de Kyoto? ¿O el Convenio sobre la Diversidad Biológica que se lanzó
entonces? En papel mojado, ni más ni menos. Hoy estamos mucho peor que
antes.

En estos años no sólo no se ha conseguido frenar el cambio
climático, la pérdida de biodiversidad, parar la deforestación… sino
que, por el contrario, estos procesos no han hecho sino agudizarse e
intensificarse. Asistimos, pues, a una crisis ecológica sin precedentes,
que amenaza el futuro de la especie y de la vida en el planeta, y que
tiene un papel central en la crisis de civilización que enfrentamos.
Una crisis medioambiental que evidencia la incapacidad del sistema
capitalista para sacarnos del “callejón sin salida” a la que su lógica
del crecimiento sin límites, del beneficio a corto plazo, del consumismo
compulsivo… nos ha conducido. Y esta incapacidad para dar una “salida”
real, la hemos visto claramente tras las fallidas cumbres del clima de
Copenhague (2009), Cancún (2010), Durban (2011) o en la cumbre sobre
biodiversidad en Nagoya (Japón en 2010), etc., donde se han acabado
anteponiendo intereses políticos y económicos particulares a las
necesidades colectivas de la gente y al futuro del planeta.
En dichas cumbres se han planteado falsas soluciones al cambio
climático, soluciones tecnológicas, desde nucleares, pasando por los
agrocombustibles hasta la captura y almacenamiento de CO2 bajo tierra,
entre otras. Medidas que intentan esconder las causas estructurales que
nos han conducido a la crisis ecológica actual, que buscan hacer negocio
con la misma y que no harán sino agudizarla.
Los vínculos estrechos entre aquellos que ostentan el poder político
y el económico explican esta falta de voluntad para dar una respuesta
efectiva. Las políticas no son neutrales. Una solución real implicaría
un cambio radical en el actual modelo de producción, distribución y
consumo, enfrentarse a la lógica productivista del capital. Tocar el
núcleo duro del sistema capitalista. Y quienes ostentan el poder
político y económico no están dispuestos a ello, a acabar con su
“gallina de los huevos de oro”.
Ahora veinte años más tarde nos quieren “vender la moto” de la
economía verde como salida a la crisis económica y ecológica. Otra gran
mentira. La economía verde sólo buscar hacer negocio con la naturaleza y
la vida. Se trata de la neocolonización de los recursos naturales,
aquellos que aún no están privatizados, y busca transformarlos en
mercancías de compra y venta.
Sus promotores son, precisamente, aquellos que nos han conducido a
la situación de crisis en la que nos encontramos: grandes empresas
transnacionales, con el apoyo activo de gobiernos e instituciones
internacionales. Aquellas compañías que monopolizan el mercado de la
energía (Exxon, BP, Chevron, Shell, Total), de la agroindustria
(Unilever, Cargill, DuPont, Monsanto, Procter&Gamble), de las
farmacéuticas (Roche, Merck), de la química (Dow, DuPont, BASF) son las principales impulsoras de la economía verde.
Asistimos a un nuevo ataque a los bienes comunes donde quienes
salimos perdiendo somos el 99% y nuestro planeta. Y especialmente
comunidades indígenas y campesinas del Sur global, cuidadoras de dichos
ecosistemas, quienes serán expropiadas y expulsadas de sus territorios
en beneficio de las empresas transnacionales que buscan hacer negocio
con los mismos.
Con la cumbre de Río+20 se ha buscado crear, lo que podríamos llamar,
“una nueva gobernanza medioambiental internacional” que consolide la
mercantilización de la naturaleza y que permita un mayor control
oligopólico de los recursos naturales. En definitiva, despejar el camino
a las empresas transnacionales para apropiarse de los recursos
naturales, legitimando unas prácticas de robo y usurpación. La respuesta
está en nuestras manos: decir “no” y desenmascarar a un capitalismo y a
una economía que se tiñe de verde.
Artículo de Esther Vivas en Público