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23 mayo 2016

En el Rosarillo, la Trinidad tiene una mirada activa por la humanidad - por Miguel Ruano

Hoy (por ayer, festividad de la Santísima Trinidad) haciendo oración, mi corazón se dejó llevar a un retablo muy querido.

En el Rosarillo, la Trinidad tiene una mirada activa por la humanidad. En el "diálogo" entre ellos, se hace historia de salvación. Su MIRAR es amar al género humano, es hacer redención, es encarnación en favor de los sujetos que aman. 

El pórtico que sostiene esta actividad amorosa de la Trinidad, son testigos los ángeles que se mueven en todas las direcciones y como no, a las puertas, Joaquín y Ana, representando a todos los que esperaron una intervención de Dios, y dentro, abriendo las puertas, José y María para que Jesús sea la expresión encarnada del Misterio que nos envuelve de esta verdad, que ilumina nuestra existencia.
Viene toda ella, la Trinidad, para ti y para mí. Vienen para hacernos "hijos en el HIJO", y donde hay caos crear "fraternidad", hacer hermanos que se quieren. 

 

En el altar del Rosarillo se nos dan claves para vivir y actualizar el deseo de la Trinidad, al que Madre Cándida quedó seducida y enamorada

Cándida María de Jesús descubre que Dios quiere hacer del mundo una FAMILIA donde todos son "hermanos", porque TODOS SON HIJOS SUYOS
Miguel Ruano

22 mayo 2016

Somos imagen del Dios de los encuentros - por @jmolaizola


Por J.M Rodríguez Olaizola

Domingo de la Santísima Trinidad: Tri-unidad

Tras la culminación del tiempo pascual con la solemnidad de Pentecostés, la liturgia de la Iglesia dedica un domingo a contemplar el misterio de Dios, Uno y Trino. Después de hacer memoria de Jesucristo Resucitado, durante 50 días, y del Espíritu Santo en la solemnidad de Pentecostés, parece que la propia dinámica del año litúrgico pide una fiesta que contemple al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en la comunión de amor de su misterio trinitario. Por eso, aparece en el segundo milenio esta solemne fiesta dedicada a la Santísima Trinidad.
«Muchas cosas me quedan por deciros»
El texto del Evangelio de Juan que se proclama en este domingo pertenece a los denominados discursos de despedida. En el contexto de la última cena, en un ambiente de despedida, Jesús, siendo consciente de que falta poco tiempo para su Pasión y Muerte, se dirige a sus discípulos, completamente ajenos a los inminentes acontecimientos. Jesús, como buen Maestro, conoce muy bien a sus discípulos, sabe lo que les ha enseñado y lo que aún le falta por enseñar, sabe lo que han aprendido y aquello que les cuesta entender. Admite que hay muchas cosas más que le hubiera gustado haber dicho a aquellos amados alumnos; sin embargo, bien sabe Él que no ha sido posible. ¿Por qué? Porque aquellos discípulos, aunque se consideran fuertes, son débiles; no están capacitados, ni siquiera aún, para imaginar lo que les espera. No pueden sospechar el sufrimiento atroz del Mesías ni la humillación a la que será sometido el Ungido. No están capacitados para soportar la implicación y consecuencias de su discipulado. Ahora, en este momento previo a la Pasión y Muerte, ante el desconcierto tremendo que van a vivir sus discípulos, Jesús prefiere callar. Y en este contexto, promete el envío del Espíritu Santo –el Paráclito– para que sea él quien continúe la misión instructiva de Jesús entre sus discípulos.

Un Dios 3D


Abrirnos al misterio de Dios - Comentario al Evangelio de J.A. Pagola

A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.

Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.

Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinita. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.