Queridos hermanos y hermanas:
Jesús es «el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona» (Exhort. ap. Evangelii gaudium,
209). Su solicitud especial por los más vulnerables y excluidos nos
invita a todos a cuidar a las personas más frágiles y a reconocer su
rostro sufriente, sobre todo en las víctimas de las nuevas formas de
pobreza y esclavitud. El Señor dice: «Tuve hambre y me disteis de comer,
tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve
desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y
vinisteis a verme» (Mt 25,35-36). Misión de la Iglesia,
peregrina en la tierra y madre de todos, es por tanto amar a Jesucristo,
adorarlo y amarlo, especialmente en los más pobres y desamparados;
entre éstos, están ciertamente los emigrantes y los refugiados, que
intentan dejar atrás difíciles condiciones de vida y todo tipo de
peligros. Por eso, el lema de la Jornada Mundial del Emigrante y del
Refugiado de este año es: Una Iglesia sin fronteras, madre de todos.

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