La otra tarde fui a la terminal T4 del aeropuerto de
Madrid a esperar a una amiga que venía de Barcelona. Se retrasaba en la
salida y me entretuve mirando los rostros de la gente que llegaba. Es
algo que me fascina de los aeropuertos. Unos abuelos que esperan a su
nieto y cuyos ojos se iluminan y se rejuvenecen al verlo. Un hombre que
aguarda a su compañera y no ven el momento de abrazarse largo. Dos
amigos…Con el reencuentro que más disfruté fue con el de una mujer que
venía con una niña de la mano y un bebé en el cochecito; los esperaba su
padre y la niña corrió tan rápida a sus brazos que casi se golpea con
la barrera de salida. Era hermosa la expresión de felicidad de este
hombre, aún joven, con sus hijos. La mujer lo besó varias veces con
devoción y pensé que hacía tiempo que no se veían. Ella volvió a entrar a
por las maletas y yo, mientras, seguía observando al padre con sus
pequeños. ¡Qué gusto daba contemplarlos! También me fijé en otros
rostros, esos a los que espera un empleado con un cartel en la mano, ahí
no había ninguna transformación. Por último, estaban aquellos que saben
que nadie ha ido a esperarlos, salen de prisa y apenas miran.
Por Mariola López

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