Los sabios de Israel decían cosas cargadas de razón -que para eso
eran sabios- y al tema de los amigos le dedican sentencias fantásticas:
“Al amigo fiel tenlo por amigo; el que lo encuentra, encuentra un
tesoro; un amigo fiel no tiene precio ni se puede pagar su valor; un
amigo fiel es un talismán…” (Eclo 6,16); “Amigo nuevo es vino nuevo:
deja que envejezca y lo beberás” (Eclo 9, 10); “En toda ocasión ama el
amigo, el hermano nace para el peligro” (Pr 17,17)…
A la hora de contar historias de amistades, ahí están Rut y Noemí,
nuera y suegra, que lo tenían difícil para ser amigas: no coincidían ni
en edad, ni en patria, ni en lengua, ni en cultura, ni en religión. Pero
eran viudas sin hijos y emigrantes sin un céntimo y se las apañaron
para establecer entre ellas un precioso vínculo de complicidad y
cooperación. Tejieron entre las dos una sagaz trama en torno a Booz, un
soltero ya madurito y con posibles; él terminó por enamorarse de Rut,
la cosa acabó en boda y nació un niño que iba a ser nada menos que
abuelo de David.
Por Dolores Aleixandre

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