La reciente confesión atea del científico británico Stephen Hawking ("no hay ningún Dios. Soy ateo")
y la argumentación aducida para ello ("la religión cree en los
milagros, pero estos no son compatibles con la ciencia"), me lleva a
reflexionar en voz alta sobre la consistencia de dicha fe atea y de la
dogmática que apadrina.
Lo hago como creyente (y, concretamente, católico) que, a la vez que
se siente interpelado por ellas, tiene dificultades para reconocer su
firmeza argumentativa y racional. Y más concretamente, para acoger la
unidimensionalidad (y limitación) de lo que entienden por conocimiento y
saber, tanto Stephen Hawking como por sus compañeros de viaje, los
llamados "nuevos ateos".
Por Jesús Martínez Gordo
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