En la sede de la Congregación de las Hermanas de la Inmaculada Concepción donde pasa sus horas Juliana desde que salió el pasado jueves del Hospital Carlos III reina el silencio. Pareciera que la escasa luz fuera premeditada, para contribuir a ese ambiente solemne, detenido pero sobre todo, cargado de paz. A la izquierda de la entrada principal se asoma una capilla. La silueta de un Cristo se asoma por la puerta y la imponencia de la imagen obliga a entrar. El silencio sólo se interrumpe por un megáfono que llega hasta las entrañas. Llaman a Juliana.
La hermana se sienta en un pequeño sofá y se coge las manos. No está nerviosa ni abrumada, su rostro desconcertado por los flashes y el interés de los periodistas dan paso a la calma, a la soltura. Se sienta dispuesta a hablar. Juliana está como en casa. Porque en definitiva, la congregación es su casa. Una vida siendo hermana. Una vida dedicada a los demás. Pese a la calma, en sus ojos, la chispa de una persona inquieta, con voz baja y suave pero que pide con fuerza cambios. No para su casa, sino para su hogar: África.
Foto de Isabel Permuy
Por Josefina G. Stegmann

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