1.2 La fe como respuesta al amor de Dios
Sin embargo, este es un proceso
que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado”
(ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para
los “agentes de la caridad”, la necesidad de la fe, del “encuentro con Dios en
Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que,
para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto
desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por
la caridad” (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de
Cristo y movido por este amor –“caritas Christi urget nos” (2 Co 5,14)–, está
abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta
actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona,
incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a
sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.
“La fe nos muestra a Dios que nos
ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente
es verdad que Dios es amor… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado
en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor
es una luz –en el fondo la única– que ilumina constantemente a un mundo oscuro
y nos da la fuerza para vivir y actuar” (ib., 39). Todo esto nos lleva a
comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente
“el amor fundado en la fe y plasmado por ella” (ib., 7).
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