Carta nº 150 Noviembre 1898
“… porque es difícil
contentar a todos; usted haga lo que pueda para dar gloria a Dios, y nada más”
Esta es una de
esas frases, perlas, que brotan de la experiencia, de una experiencia fuerte,
con matiz triste o desagradable y con una dosis de incomprensión generalmente.
Muchos
hemos tenido, probablemente, esa sensación. Incluso estando en ambos lados de
la situación. Muchas veces he sido parte o protagonista de haber generado un sentimiento
desagradable por algún comentario o acción hacia otra persona, sin pararme a
pensar sus razones o su situación. Es un
buen momento, aquí y ahora, para pedirle perdón y para decirle que hice lo que
pude, que no veía más (o no quise ver más, sinceramente no lo sé), que lo hice
porque pensaba que era lo mejor en ese momento o simplemente porque no sabía
hacer otra cosa. No me atrevo a decir, como dice la M: Cándida, que lo hice por
la mayor gloria de Dios (como también dice su himno). Otras veces porque mi decisión
ha generado esos mismos sentimientos de tristeza o incomprensión. En estos
casos un creo recordar (porque no me atrevo a decir nunca), que lo haya hecho
para provocar esos sentimientos, sino que era lo que tenía que hacer y lo hice
sabiendo que no podía explicar todas las razones y que provocaría esas
consecuencias. O simplemente porque ante dos caminos posibles elegí el que
creía mejor.
Hacer
lo que se pueda por Dios es a la vez necesitar la paz necesaria para seguir
caminando y vivir, y respirar, y levantar la mirada, y abrazar. Y esto es difícil,
porque a veces busco donde no hay. Pero Dios, que es muy grande, me ha puesto,
en la prensa, un cuento para explicarme algo de este asunto:
“Había una vez un rey que ofreció un gran
premio a artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos
artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero sólo
hubo dos que realmente le gustaron y tuvo que escoger una entre ellas. La
primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se
reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre estas se encontraba un
cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esa pintura
pensaron que ésta reflejaba la paz perfecta. La segunda pintura también tenía
montañas. Pero estas eran escabrosas y desnudas. Sobre ellas había un cielo
furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo
parecía retumbar un brioso torrente de agua. Este paisaje no reflejaba paz en
absoluto. Pero cuando el rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un
delicado arbusto que crecía en una grieta de la roca. En este arbusto se
encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída del agua,
estaba sentado plácidamente un pajarito en medio de su nido… ¡La paz perfecta!
¿Cuál crees que fue la pintura ganadora?
El rey escogió la segunda. ¿Sabes por qué? Porque, explicaba el rey, paz no
significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin
dolor. Paz significa que a pesar de estar en medio de todas esas cosas
permanezcamos sosegados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero
significado de la paz. (H.A.Agudelo).
Es decir, “haga
usted lo que pueda para dar gloria a
Dios, y nada más”

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