11 junio 2012

PERLA ESCONDIDA EN LA CARTA Nº 150


Carta nº 150     Noviembre 1898
“… porque es difícil contentar a todos; usted haga lo que pueda para dar gloria a Dios, y nada más”  

            Esta es una de esas frases, perlas, que brotan de la experiencia, de una experiencia fuerte, con matiz triste o desagradable y con una dosis de incomprensión generalmente.

            Muchos hemos tenido, probablemente, esa sensación. Incluso estando en ambos lados de la situación. Muchas veces he sido parte o protagonista de haber generado un sentimiento desagradable por algún comentario o acción hacia otra persona, sin pararme a pensar sus razones  o su situación. Es un buen momento, aquí y ahora, para pedirle perdón y para decirle que hice lo que pude, que no veía más (o no quise ver más, sinceramente no lo sé), que lo hice porque pensaba que era lo mejor en ese momento o simplemente porque no sabía hacer otra cosa. No me atrevo a decir, como dice la M: Cándida, que lo hice por la mayor gloria de Dios (como también dice su himno). Otras veces porque mi decisión ha generado esos mismos sentimientos de tristeza o incomprensión. En estos casos un creo recordar (porque no me atrevo a decir nunca), que lo haya hecho para provocar esos sentimientos, sino que era lo que tenía que hacer y lo hice sabiendo que no podía explicar todas las razones y que provocaría esas consecuencias. O simplemente porque ante dos caminos posibles elegí el que creía mejor.

            Hacer lo que se pueda por Dios es a la vez necesitar la paz necesaria para seguir caminando y vivir, y respirar, y levantar la mirada, y abrazar. Y esto es difícil, porque a veces busco donde no hay. Pero Dios, que es muy grande, me ha puesto, en la prensa, un cuento para explicarme algo de este asunto:

            “Había una vez un rey que ofreció un gran premio a artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero sólo hubo dos que realmente le gustaron y tuvo que escoger una entre ellas. La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esa pintura pensaron que ésta reflejaba la paz perfecta. La segunda pintura también tenía montañas. Pero estas eran escabrosas y desnudas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un brioso torrente de agua. Este paisaje no reflejaba paz en absoluto. Pero cuando el rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto que crecía en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída del agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en medio de su nido… ¡La paz perfecta! ¿Cuál crees que  fue la pintura ganadora? El rey escogió la segunda. ¿Sabes por qué? Porque, explicaba el rey, paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que a pesar de estar en medio de todas esas cosas permanezcamos sosegados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz. (H.A.Agudelo).

            Es decir, “haga usted  lo que pueda para dar gloria a Dios, y nada más”   

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