01 marzo 2016

Puentes

Un puente es lo primero que dinamita el enemigo para destruir las relaciones. En el lado opuesto, el primer tronco que se cruzó sobre un arroyo expresa, mejor que  cualquier metáfora, la necesidad de acercarnos, de intercambiar palabras, bienes y caricias.

Los puentes son tierra de nadie entre dos orillas. Espacio neutral donde se canjean rehenes, recelos y miedos, se intercambian culpas por perdones y se liberan prejuicios pendientes de juicio. La única razón de ser de un puente es su función como vínculo. La capacidad de unir al que necesita con lo necesitado.

A pesar de su apariencia, hasta los puentes más sólidos son frágiles. Siempre suspendidos, colgando sobre el vacío, haciendo equilibrios entre dos partes, soportando la carga ajena con los pies clavados en el fango.

Los ingenieros de puentes cimientan los pilares de su estructura sobre la confianza. Dos manos extendidas tienden un puente. Dos miradas forjan un entendimiento. Gestos, sonrisas, diálogo son los materiales con los que se construyen relaciones. 

Es trabajoso construir puentes y es labor ingrata hacer de puente. Nunca nos quedamos a vivir sobre un puente, ni en una escalera, porque su único papel es ser enlace para otros.

Cada uno de nosotros somos un puente que vamos cruzando mientras se construye a sí mismo. Convivir es vencer el vacío que nos separa. Encontrar nuevas orillas en las que posarnos. Y, de todos los materiales que utilizamos, la cultura es el más resistente para construir ese vínculo.

 PLAZA DE GIPUZKOA. Por Guille Viglione

(Diario Vasco: 24.01.16)

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