Carta nº 276 Mayo 1904
“Siento lo que dice usted de la hermana Aurora. Dígale que la perdono
todo.”
Qué importante es
el perdón para todas las personas, pero qué necesario es para los cristianos.
Podemos sentir muchas cosas sobre el otro, incluso aun cuando tenga razón, pero
siempre hay que perdonar y, como dice la M. Cándida, todo.
Y
esto cada vez parece más difícil. Nos enrocamos en nuestras razones y olvidamos
que las del otro pueden llegar a ser tan buenas como las nuestras. Y sin
embargo pretendemos imponer las nuestras antes que reconocer que estamos
equivocados. E incluso descartamos una tercera vía: la de compartir razones y
vivir con las razones de los dos.
Ayer
Marcos nos recordaba que tenemos que poner en marcha una nueva forma de hacer
vida el Evangelio:
-
Acompañar
-
Curar
-
Anunciar estemos donde estemos
-
Utilizar una forma de hablar donde todos entiendan y en
caso de duda, que lo entiendan los más
sencillos.
-
Conocer para compartir.
-
Abrir el corazón.
-
Dejar de fijarnos mucho en nuestra fe y ver la fe de
los otros.
Porque la
Ascensión no es huida, sino presencia viva, tal como debe ser nuestra vida. Y
esa presencia, muchas veces, pasa por el perdón. Y ahí es donde duele, y ahí es
donde debemos asumir el reto de crecer de verdad. Ahí es donde podemos
confirmar nuestras palabras con nuestros signos.
Hoy pido
perdón a todos los que haya podido herir. Pido perdón por las omisiones que haya podido cometer. Pido perdón por la falta de escucha ante las falsas prisas de
la vida. Y sólo espero que sirva para provocar encuentros, abrazos, diálogos y
paz.
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