En tierra de hombres se estrenó en España en diciembre del
2006. Tras verla, Sergi Sánchez la definió como un telefilm
biodegradable, “panfletario cuento feminista” y “rancio melodrama
concienciado”. Mirito Torreiro, quien fuera mi profesor en la carrera,
escribió en El País que la película era “un panfleto vulgar hasta la
extenuación, lacrimógeno sin descanso y con más agujeros que un queso
emmental”.
Últimamente me pregunto con demasiada asiduidad y -¿por qué no?- con
cierta inocencia, qué tienen los críticos de carnet de este país contra
el cine social y, sobre todo, contra el feminismo. Partiendo siempre de
la base de que el cine es un arte –algunas veces– y un modo de expresión
o medio de comunicación –la mayor parte del tiempo– sometido a
interpretaciones y opiniones subjetivas, deduzco que tal aversión
convertida en soflama más que en crítica solo puede provenir de esa
misma subjetividad construida desde el privilegio patriarcal, por una
parte, y desde las pérdidas que éste a su vez provoca en el mundo
emocional de los hombres, por otra.
Por Sonia Herrera

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