Santa Teresa de Jesús escribió, además de muchas cartas y poemas, cuatro
grandes obras: «El libro de la vida», «Camino de perfección», «Castillo
interior» y el «Libro de las fundaciones». En su tiempo, estos escritos
no fueron comprendidos por todos no obstante su genialidad. Ella sabía
muy bien que el Santo Oficio no se fiaba ni de la obra fundadora ni de
los libros que escribía; de hecho, temía constantemente ser delatada:
«Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y
que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores», escribe
en «El libro de la vida». A pesar de este cuidado, sus primeros
problemas empezaron muy pronto, en 1559, cuando se publica el «Índice de
Libros Prohibidos» del inquisidor Fernando de Valdés. Los inquisidores
registraron la pequeña biblioteca que Teresa tenía en el Monasterio de
la Encarnación y requisaron algunas obras. Ella escribe: «Cuando se
quitaron muchos libros de romance, yo lo sentí mucho». A partir de este
percance, los censores empezaron a examinar con lupa sus escritos y
dejaron abundante constancia de sus correcciones: tachan párrafos y le
hacen arrancar páginas enteras o rehacerlas, como se decía entonces, de
«sana planta». Uno de los censores, refiriéndose a sus disertaciones
sobre el amor, anota al margen la siguiente advertencia: «Váyase con
tiento». La obligaron a rehacer entero el «Camino de perfección». Y
ella, sumisa, obedeció el mandato; pero conservó en una arquilla del
convento de San José de Ávila el cuaderno primero, que hoy se guarda en
El Escorial.
Por Jesús Sánchez Adalid

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