Aquí y ahora hace falta lo que llamamos “espiritualidad”, una “fuerza
interior” que infunda ánimo, energía, ilusión y sentido a nuestra
existencia, que motive a cada persona para sacar lo mejor de sí misma y
compartirlo con las demás, especialmente con las más necesitadas.
Necesitamos una espiritualidad comprometida con la vida humana, su
protección y cuidado a todas las edades, su dignidad, sus derechos y su
felicidad; más allá de doctrinas y ritos religiosos o supersticiosos que
a veces se compaginan con la idolatría del consumismo, el poder y el
prestigio social.
Por Chema Muñoz

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