Carta nº 248 Octubre
1902
“¡Cuanto nos quiere Dios!”
Y cuánto debemos
quererle. Pero para quererle, tenemos que conocerle. Y para conocerle, tenemos
que acercarnos a la fuente: las escrituras, la Biblia y especialmente el Nuevo
Testamento, al Evangelio. Pero acercarnos como dice el papa Francisco, desde la
alegría del Evangelio.
El
Evangelio es la prueba inequívoca de cuánto nos quiere Dios. Es su palabra
hecha vida y que nos genera vida hoy y siempre. Hace unos días tenía que
comentar algo relacionado con este asunto y pensé en una historia donde este
tesoro estaba siempre en la otra orilla, como custodiado, guardado, difícil de entender
porque además estaba en otro idioma. Un tiempo
más tarde se acercó un poco más y ya se podía leer, incluso se tradujo a un
lenguaje que todos entendían. Un tiempo después ya se comentaba dicho tesoro, e
incluso algunos lo comentaban entre ellos. Ahora es el momento de construir
puentes que nos acerquen a ese tesoro de una forma diferente, de una forma
donde podamos saborear, disfrutar, compartir y que nos ayude a vivir según sus
palabras.
Y
cuando coinciden Planes de Pastoral con artículos y libros. Cuando coinciden aun
teniendo diferentes formas de entender este mismo tesoro, es cuando puedes
decir que el Espíritu sopla y sopla con ganas en esa dirección. Es el momento
de salir, pero no de cualquier manera. Salir con algo que dar. Es el momento de
volver a Jesús, a la fuente, pero para compartir lo vivido.
Y
Dios nos sigue queriendo, y cada uno florece a su tiempo, y Dios, que nos
conoce por dentro, sólo nos anima, nos ayuda, nos levanta. Y si tropezamos o
nos equivocamos, nos cubre con su misericordia que es mejor que cualquier
medicina. Nos sana y nos vuelve a poner en marcha.
Es
un momento de oportunidades, de aportar algo nuevo y alegre a los que nos
rodean, de decir a boca llena que hemos encontrado la felicidad y de que
conforme conocemos más, mejores debemos ser. Y que se note.
Así
que, como dice la M. Cándida en esta carta: “Bien hijas mías, bien. Ánimo,
pues, y adelante, a trabajar”. Y mucho Emaús, mucho camino de encuentro
personal que nos haga volver a desandar lo que habíamos andado con la cabeza
baja.

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