Hoy quiero dedicar unas líneas a la gente buena. No me refiero a la
buena gente, es decir, todos aquellos con quienes nos cruzamos cada día o
tenemos algún encuentro casual y que hacen la vida más fácil con su
amabilidad y su simpatía. De esta buena gente, gracias a Dios, no falta.
Hoy, sin embargo, quiero hacer un homenaje a la gente buena, es decir, a
aquellos que, por su compromiso de vida, por sus gestos y sus detalles,
por su manera de sentir, de mirar y de caminar por la vida apuntan a
algo más sublime, quizá a algo que les sobrepasa a ellos mismos. Por
ejemplo, aquel que renuncia a un puesto de trabajo que cualquiera
quisiera para sí para dedicarse a algo más vocacional y que ayudará a
más personas aun cobrando mucho menos; la que atraviesa medio mundo
−literal−por acompañar los momentos importantes −bodas y funerales− de
su gente cuando todo el mundo entendería que no viniera; el que abre las
puertas de su casa para acoger a otro que se ha quedado en la calle y
pasadas unas semanas no se le nota ni que está incómodo con su intimidad
invadida ni que está haciendo un favor.
Por Sergio Gadea sj
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