Hay épocas del año en las que me siento especialmente vulnerable.
Aunque no lo quiera. Aunque no lo busque, es así. El otoño y el invierno
siempre ponen a prueba mis defensas.
Cualquiera diría que a estas alturas ya tendría que estar más que
acostumbrada a estos cambios, sin embargo para mí siguen siendo algo
nuevo.
Y quizá esto sea bueno, porque cada año dejo que me sorprenda: el
cambio de ropaje de la naturaleza, la caída de las hojas mostrando la
desnudez de los árboles… tiene su punto sublime, pero hay días que miro
por la ventana y contemplo como el cielo llora y sus lágrimas se filtran
hasta el mismísimo corazón y me invade la morriña.
Luego se suceden las imágenes en los telediarios de casas y aceras
inundadas, coches arrastrados, aparcamientos empantanados… todo ello
poniendo de manifiesto la impotencia del ser humano, pues por muy
preparados que salgamos al mundo: paraguas en mano, chubasquero, botas
de agua, ropa de abrigo… a veces es imposible que la lluvia y el frío no
te cale hasta los huesos. Y es que hay situaciones en la vida que no
puedes controlar y se te escapan de las manos sin que puedas remediarlo
(enfermedades, noticias tristes…).
Por Yurina Rodríguez Portillo
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