«Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier
cómo», decía el filósofo alemán Nietzsche. Ésa es una de las claves para
vivir y, en ocasiones, sobrevivir. Muchas veces, la vida no se asemeja a
una autopista, sino a un camino con sus curvas y baches. Una enfermedad
grave, el divorcio de nuestros padres, vivir en un entorno hostil,
sufrir maltrato, la muerte de algún ser querido…Problemas y dificultades
surgen…no desaparecen por arte de magia aunque lo deseemos con todas
nuestras fuerzas y… ¿cómo afrontarlos? Con los mismos condicionantes,
unos hallan recursos para salir adelante, otros se quedan en el camino.
La diferencia: la resiliencia, la capacidad para sobreponerse a
situaciones adversas y al dolor emocional. Una capacidad que no es
innata, ni tampoco estática, permanente. Y que cada uno construye en
función de sí mismo y de su contexto. Fomentarla, todo un reto, donde la
educación también tiene cosas a decir.
«Los niños también sufren y se deprimen. No sólo nos debería
preocupar de ellos el rendimiento académico. La escuela debe aspirar a
un desarrollo integral de la persona, y lograr un sano desarrollo
socioemocional debería ser una prioridad en este enfoque», relata el
doctor en Psicología Evolutiva y profesor de la Universidad del País
Vasco (UPV) Juan de Dios Uriarte, quien resalta, en declaraciones a Mater Purissima,
que «la escuela incide en el comportamiento de los niños. Fomentar la
resiliencia no es convertir a nadie en superhombre, tampoco hacerlo
insensible o construir una coraza que le proteja de los demás. Sólo que a
pesar de los problemas, es posible vivir en armonía consigo mismo y con
los demás, disfrutar de una vida normal».


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