Termina la primera parte del sínodo sobre la familia. Los participantes
vuelven a casa con un documento que han de trabajar seriamente, escuchar
con hondura y meditar con seriedad. Un documento donde la apertura
pastoral a las situaciones de muchas personas resulta patente (todo esto
por lo que se dice y va trascendiendo, pues hay que leerlo despacio
antes de lanzarse a interpretarlo, jalearlo o ponerle pegas, que de todo
habrá).Nos encontramos en una encrucijada eclesial. Vamos a asumir que
todos, en la Iglesia, queremos llegar al mismo sitio –una sociedad donde
la apertura a la trascendencia, la dignidad profunda y el respeto a las
personas, la justicia que nace de la fe y el amor como lógica vital,
sea lo que configure convivencia y relaciones entre personas y pueblos.
Sin embargo, aunque ese sea el destino, los caminos parecen muy
diferentes: Aferrarse a la ley como tabla de salvación, o «arriesgarse» a
la misericordia cuando nos hace caminar sobre suelo incierto. El juicio
moral genérico, o la mirada pastoral a la situación única de cada
persona. La garantía de «lo que siempre ha sido así» o la apertura a «la
novedad de Dios» de la que hablaba el Papa Francisco en su homilía al
final del sínodo.
Por JM. Rodríguez Olaizola sj
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