Carta nº 246 Octubre
1902
“Pero, en fin, espero en la Providencia de Dios que la tendremos con el
tiempo”
Confiar siempre en
Dios, confiar todos los días en la Providencia, es un buen ejercicio, una buena
actitud de quienes creemos en ese Padre que de todos cuida.
Es
una espera que el tiempo va haciendo y que nosotros vamos descubriendo conforme
vamos caminando. Y además no se descubre siempre de la misma forma. Ni siquiera
cuando la esperamos. Confiar es algo así como esperar que lo sembrado empiece
a brotar, que lo podado comience a salir por donde quiera, a que lo nuevo
empiece a cubrir el espacio esperado. Esperar en la Providencia es tener la
paciencia de saber que algo bueno y nuevo puede brotar en tu vida.
Y
en ese camino dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Dando al día a día lo que le corresponde, al trabajo lo que necesita y a Dios
lo que merece. La clave es que ninguno de los dos bandos cubra el espacio del
otro en tu vida. Lo importante es el equilibrio y el tiempo para todo. Y si
alguien tiene que ganar en algo que sea siempre Dios, porque Él te dará lo
demás, mientras que al revés el otro bando sólo te quitará, poco a poco, a
Dios. O dicho de otra forma lo del César: ¿de qué le sirve al hombre ganar todo
el dinero del mundo si pierde su alma? O dicho de otra: No quiero ser el más
rico del cementerio.
No
sé cuántas veces lo habré dicho en este recorrido de compartir las cartas de la
M. Cándida, no sé cuántas veces se me ha venido a la cabeza, pero vuelvo a
decirlo: lo importante es vivir, y vivir como Dios quiere. Y cada vez que los
años pasan por mi cuerpo descubro que eso da la felicidad. Entonces ¿qué más
quiero? Que es difícil, lo sé. Que cuesta mucho, lo sé. Que algunas veces vas
contra corriente y te genera dudas, lo sé. Que algunas veces no hago todo lo
que puedo, lo sé. Y qué. Simplemente espero en la Providencia y en la
misericordia de Dios.

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