22 septiembre 2014

PERLA ESCONDIDA EN LA CARTA Nº 242

Carta nº 242      Octubre 1902
“Dios sea bendito y quiera ponerlas bien, si conviene”

            En esta carta descubro a esa M. Cándida que en la distancia (pues se encuentra en Roma) se acuerda de todas y cada una de sus hermanas, de todos y cada uno de los asuntos que le preocupan o simplemente le ocupan. Está pendiente de todo y sigue siendo ella misma. Y en esa carta descubro la perla de “Dios siempre bendito”, como tantas veces, a pesar de todo y por encima de todo. Sin olvidar pedir por aquello que necesita o necesitan. Pero como siempre, “si conviene”, sin exigencias, sin imposiciones y sin poner por encima su propia voluntad. Siempre la voluntad que importa es la de Dios.

            Hay que ver lo que puede cambiar ese “si conviene”, si Dios quiere. Los cimientos que puede hacer temblar sobre todo cuando lo tenemos todo planificado, estructurado y solucionado. Y pedimos por ello olvidando, a veces a Dios. Se nos olvida ese “si conviene”, ese “Señor te pido, pero haz tu lo mejor para mí aunque me desconciertes”. Lo importante en estos casos es seguir confiando aun cuando las olas parezcan que van a tirar la nave, aun cuando la oscuridad inunde nuestro amanecer de todos los días, aun cuando lleguemos a pensar  que no hay esperanza.

            Y en estos casos, aun cuando pensemos que el salario cobrado no es justo, como les pasó a alguno de los jornaleros del evangelio de ayer. Volver a descubrir que Dios es justo, que no engaña y que su justicia y su compasión tienen, parece ser, otros parámetros distintos a los nuestros. Eso no es nada fácil. Pero a la vez ayuda a descubrir qué tengo que hacer yo, cómo tengo que cambiar algunas claves de mi vida. Y para ello alguna vez tendré que pararme a pensar, a ver qué hago, cómo pienso, como vivo. Porque si no lo hago, ganarán los que no quieren que pensemos, ganarán los que sólo quieren que caminemos y caminemos sin pararnos a ver a nuestro alrededor, y eso no es lo mejor ni para nosotros ni para los demás.

            Por lo tanto trabajemos por un salario justo, pero no protestemos por el salario que Dios ofrece a los demás.


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