Asustadas al principio, luego abriendo sus ojos de alegría, las
mujeres y las niñas se bañaron en el mar, riendo, chapoteando y uniendo
sus manos, golpeadas por las olas.
Las mujeres eran palestinas del sur de Cisjordania, un territorio sin
acceso al mar y cuyos habitantes tienen prohibido entrar en Israel.
Ellas y las doce mujeres israelíes que les condujeron hasta la playa se
arriesgaron a ser acusadas de un delito penal. Eso es, precisamente,
parte de lo que persiguen: protestar por lo que ellas, palestinas e
israelíes, consideran leyes injustas.
En la machacante rutina de las relaciones entre israelíes y
palestinos —no hay negociaciones, las recriminaciones son mutuas, la
distancia entre ellos se agranda, al igual que la deshumanización—, el
viaje ilegal es algo extraño que une el más sencillo de los placeres con
la más compleja de las políticas. Muestra por qué la coexistencia aquí
es difícil, pero también por qué hay, en ambos lados, personas que no
quieren renunciar a ella.

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