A veces hay que desconectar. De trabajo. De tensiones. De móvil. De
redes. De deberes. De uno mismo (porque uno mismo es, a menudo, un
pelma). Desenroscarse. Salir. Dedicar el
tiempo a los abrazos pendientes. Dormir. Abrir la espita y dejar que
broten los sentimientos estancados, con la fuerza del torrente libre
(sean esos sentimientos gozosos o difíciles, rabia o calma, heridas o
paz). Dejar que Dios siga estando como quiera. A veces. Dar un portazo.
Quitarse la armadura.

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