Sed buenos:
buenos en vuestro rostro, que deberá ser distendido, sereno y sonriente;
buenos en vuestra mirada, una mirada que primero sorprende y luego atrae.
Sed buenos en vuestra forma de escuchar: de este modo
experimentaréis, una y otra vez, la paciencia, el amor, la atención y la
aceptación de eventuales llamadas.
Sed buenos en vuestras manos: manos que dan, que ayudan, que
enjugan las lágrimas, que estrechan la mano del pobre y del enfermo
para infundir valor, que abrazan al adversario y le inducen al
acuerdo, que escriben una hermosa carta a quien sufre, sobre todo si
sufre por nuestra culpa; manos que saben pedir con humildad para
uno mismo y para quienes lo necesitan, que saben servir a los
enfermos, que saben hacer los trabajos más humildes.
con los ancianos; y, si sois ancianos, sed buenos con los jóvenes.
Sed contemplativos en la acción: mirando a Jesús –para ser imagen
de Él– sed, en este mundo y en esta Iglesia, contemplativos en la
acción; transformad vuestra actividad ministerial en un medio de
unión con Dios.
Sed santos: el santo encuentra mil formas, aun revolucionarias, para
llegar a tiempo allá donde la necesidad es urgente. El santo es audaz,
ingenioso y moderno; el santo no espera a que vengan de lo alto las
disposiciones y las innovaciones; el santo supera los obstáculos y, si
es necesario, quema las viejas estructuras superándolas… Pero
siempre con el amor de Dios y en la absoluta fidelidad a la Iglesia a la
que servimos humildemente porque la amamos apasionadamente.
(Pedro Arrupe, sj, en un retiro a sacerdotes en Cagliari, 11 de marzo de 1976)

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