11 noviembre 2013

PERLA ESCONDIDA EN LA CARTA Nº 203

Carta nº 203     Enero 1901
“… que nuestras acciones vayan regidas siempre de aquella prudencia que Él mismo nos enseña”

            En esos años de debates innecesarios, de programas innecesarios, donde las mentiras de la vida de los demás llenan horas y horas de entretenimiento, cabe parar un poco el ritmo y preguntarse: ¿Qué pinta la prudencia en todo esto?

            Y cuando digo para el ritmo, me refiero directamente a eso, a parar y pensar, a buscar por dentro, a hacer eso que a los que manejan todo este cotarro no les interesa para nada. No les interesa que nos paremos a pensar, que busquemos en nuestro interior momentos para descubrir que no solo hay que caminar sin parar, sino que los árboles están a la orilla del camino para que podamos, de vez en cuando, parar en su sombra y descansar, analizar, tomar aire y continuar. Pues parece que está mal, parece que lo que está bien es caminar, caminar, por encima de nuestro propio ritmo y reventar. Y lo mejor de todo es que a ellos les importa muy poco que revientes.

            Nuestras acciones tienen que ir regidas (buena palabra y poco utilizada) por la prudencia. Y esto no viene de oriente, viene de la sensatez de una persona que allá por el 1901 ya lo tenía claro y con esa claridad lo expresaba y aconsejaba. ¿Qué rige nuestras acciones? ¿De quién tenemos que aprender el modelo de prudencia? La M. Cándida lo expresa en varias ocasiones y de diferentes formas: de Él, que no es otro que Jesús de Nazaret.

            ¿Cómo fue la prudencia de Jesús? ¿Recuerdas algún relato donde descubrir le virtud de la prudencia en sus acciones?

            Prudencia no va reñida con verdad, no va reñida con claridad. Prudencia no va de la mano de apocamiento, de siempre silencio. Prudencia va siempre unida a acciones llenas de respeto y cariño. De amor hacia el otro, de atender a la persona por encima de otras cosas.

            Conforme escribo estas letras recuerdo algunos relatos del Evangelio. Y descubro al Jesús prudente, a esa persona que no avasalla, sino invita. Y me descubro como lejos de esto,  pero en camino. Y debo romper algunos de mis silencios y corregir algunas de mis expresiones. Pero me descubro en camino, y necesito los árboles que me permitan parar, pensar y seguir un poco transformado.

            

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