Carta nº 203 Enero 1901
“… que nuestras acciones vayan regidas siempre de aquella prudencia que
Él mismo nos enseña”
En esos años de
debates innecesarios, de programas innecesarios, donde las mentiras de la vida
de los demás llenan horas y horas de entretenimiento, cabe parar un poco el
ritmo y preguntarse: ¿Qué pinta la prudencia en todo esto?
Y
cuando digo para el ritmo, me refiero directamente a eso, a parar y pensar, a
buscar por dentro, a hacer eso que a los que manejan todo este cotarro no les
interesa para nada. No les interesa que nos paremos a pensar, que busquemos en
nuestro interior momentos para descubrir que no solo hay que caminar sin parar,
sino que los árboles están a la orilla del camino para que podamos, de vez en
cuando, parar en su sombra y descansar, analizar, tomar aire y continuar. Pues
parece que está mal, parece que lo que está bien es caminar, caminar, por
encima de nuestro propio ritmo y reventar. Y lo mejor de todo es que a ellos
les importa muy poco que revientes.
Nuestras
acciones tienen que ir regidas (buena palabra y poco utilizada) por la
prudencia. Y esto no viene de oriente, viene de la sensatez de una persona que
allá por el 1901 ya lo tenía claro y con esa claridad lo expresaba y
aconsejaba. ¿Qué rige nuestras acciones? ¿De quién tenemos que aprender el
modelo de prudencia? La M. Cándida lo expresa en varias ocasiones y de
diferentes formas: de Él, que no es otro que Jesús de Nazaret.
¿Cómo
fue la prudencia de Jesús? ¿Recuerdas algún relato donde descubrir le virtud de
la prudencia en sus acciones?
Prudencia
no va reñida con verdad, no va reñida con claridad. Prudencia no va de la mano
de apocamiento, de siempre silencio. Prudencia va siempre unida a acciones llenas
de respeto y cariño. De amor hacia el otro, de atender a la persona por encima
de otras cosas.
Conforme
escribo estas letras recuerdo algunos relatos del Evangelio. Y descubro al Jesús
prudente, a esa persona que no avasalla, sino invita. Y me descubro como lejos
de esto, pero en camino. Y debo romper
algunos de mis silencios y corregir algunas de mis expresiones. Pero me
descubro en camino, y necesito los árboles que me permitan parar, pensar y
seguir un poco transformado.
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