23 septiembre 2013

PERLA ESCONDIDA EN LA CARTA Nº 196

Carta nº  196   Octubre 1900
“Dios nuestro Señor mueva los corazones… “

            Hace muchos años, una gran mujer escribió una carta por estas fechas aproximadamente. Es una de esas cartas llena de consejos, avisos y recomendaciones,  inundada de ternura, de esa que se toca con las manos todos los días, donde siempre aparece algo nuevo. Y en ella surge una frase que se diferencia de las demás (no tengo razones para contestar por qué), simplemente aparece como si estuviese escrita con negrita y con un tamaño un poco mayor que el resto de palabras.

            Es una de esas frases normales, hasta que le das dos vueltas cerca del corazón y se convierte en especial. Habla de mover los corazones. Habla de dejarse mover por Dios.

            ¿Qué ocurre cuando Dios mueve nuestros corazones? ¿En que se convierte nuestra vida? ¿Qué descubren los demás?

            Creo que hoy estamos demasiado aturdidos por la cantidad de mensajes interesados que nos llegan, por la barbaridad de información, para despistar, que recibimos. Hemos montado una barrera alrededor del corazón que dificulta que Dios se acerque a moverlo. Es como si cuando Dios se acerca, se disparase una alarma y de pronto aparecieran las defensas para que no llegue nada de lo que Dios quiere mover. Esas defensas aparecen en forma de escusas, de razones, de imposibilidades, de comparaciones, de… tantas cosas  innecesarias. ¿Por qué ese miedo?

            Pero, sin embargo, pienso que es necesario mover el corazón, es preciso y urgente que Dios mueva el corazón y nos haga ver lo equivocados que estamos a veces. Es curioso observar cómo las barreras de las que hablaba antes se desvanecen en momentos determinados. Por ejemplo cuando estamos enfermos de verdad, o cuando tenemos algún familiar o amigo enfermo de verdad. En ese momento parece que nuestro corazón se mueve y nos hace ver la vida de una forma distinta. Y nos es que pase nada raro, simplemente aparece la auténtica vida, la de Dios, la del otro. Esa que nos pone las cosas en su sitio.

            Menos mal que sabemos a ciencia cierta que Dios no se cansa de intentarlo. Y menos mal, que tenemos ejemplos que nos hacen ver que, cuando Dios mueve el corazón de la persona, su vida se transforma y los demás lo notan.

            ¡Que Dios mueva nuestros corazones y los lleve por su camino como movió y guio el de la M. Cándida!


            

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