Carta nº 196 Octubre
1900
“Dios nuestro Señor mueva los corazones… “
Hace muchos años,
una gran mujer escribió una carta por estas fechas aproximadamente. Es una de
esas cartas llena de consejos, avisos y recomendaciones, inundada de ternura, de esa que se toca con
las manos todos los días, donde siempre aparece algo nuevo. Y en ella surge una
frase que se diferencia de las demás (no tengo razones para contestar por qué),
simplemente aparece como si estuviese escrita con negrita y con un tamaño un
poco mayor que el resto de palabras.
Es
una de esas frases normales, hasta que le das dos vueltas cerca del corazón y
se convierte en especial. Habla de mover los corazones. Habla de dejarse mover
por Dios.
¿Qué
ocurre cuando Dios mueve nuestros corazones? ¿En que se convierte nuestra vida?
¿Qué descubren los demás?
Creo
que hoy estamos demasiado aturdidos por la cantidad de mensajes interesados que
nos llegan, por la barbaridad de información, para despistar, que recibimos. Hemos
montado una barrera alrededor del corazón que dificulta que Dios se acerque a
moverlo. Es como si cuando Dios se acerca, se disparase una alarma y de pronto
aparecieran las defensas para que no llegue nada de lo que Dios quiere mover.
Esas defensas aparecen en forma de escusas, de razones, de imposibilidades, de
comparaciones, de… tantas cosas innecesarias. ¿Por qué ese miedo?
Pero,
sin embargo, pienso que es necesario mover el corazón, es preciso y urgente que
Dios mueva el corazón y nos haga ver lo equivocados que estamos a veces. Es
curioso observar cómo las barreras de las que hablaba antes se desvanecen en
momentos determinados. Por ejemplo cuando estamos enfermos de verdad, o cuando
tenemos algún familiar o amigo enfermo de verdad. En ese momento parece que
nuestro corazón se mueve y nos hace ver la vida de una forma distinta. Y nos es
que pase nada raro, simplemente aparece la auténtica vida, la de Dios, la del
otro. Esa que nos pone las cosas en su sitio.
Menos
mal que sabemos a ciencia cierta que Dios no se cansa de intentarlo. Y menos
mal, que tenemos ejemplos que nos hacen ver que, cuando Dios mueve el corazón
de la persona, su vida se transforma y los demás lo notan.
¡Que
Dios mueva nuestros corazones y los lleve por su camino como movió y guio el de
la M. Cándida!
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