05 mayo 2013

ACERCÁNDONOS A MARÍA: Condicionamiento social y religioso

Nazaret era una aldea muy pequeña y pobre, situada en la ladera de una montaña de Galilea. De allí no podían salir profetas (Jn 7, 52), incluso  los judíos se preguntaban si de ahí podía salir algo bueno (Jn 1, 46). Los pintores, a lo largo de la Historia, se han encargado de ofrecernos  unas imágenes idílicas de la casa de María, pero la realidad es que la gente vivía en  cuevas naturales de la ladera de la montaña.

La sociedad, en tiempos de María, era como una pirámide, dividida en grupos sociales muy rígidos. En la cúspide se encontraba el sanedrín, presidido por el sumo sacerdote. En el lado opuesto se encontraban los grupos marginados: extranjeros, pecadores, enfermos de todo tipo, y, en cierto modo, mujeres y niños.

Desde el momento del nacimiento quedaba patente  la marginación de las mujeres, por el modo de reaccionar los vecinos y el propio padre del bebé. Si había nacido un niño se entonaban  cantos de júbilo y se felicitaba al padre. Si había nacido una niña había un silencio profundo y la gente le decía al padre de familia: “Que el próximo sea varón”. Se consideraba que “la semilla se había desperdiciado”.

El padre de familia reaccionaba como amo y señor de la vida. La ley decía: “Si es un varón, tenlo, si es una niña, exponla”.  El libro de Ezequiel dice: “Te arrojaron a campo abierto…” (16, 5). Eso significaba que podían “exponer” a las niñas, o sea, sacarlas fuera de la población y dejarlas a la intemperie,  a merced de cualquier animal que las devorara o de alguna persona que quiera recogerlas (para bien o para mal).


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