Nazaret era una aldea muy pequeña
y pobre, situada en la ladera de una montaña de Galilea. De allí no podían salir
profetas (Jn 7, 52), incluso los judíos se
preguntaban si de ahí podía salir algo bueno (Jn 1, 46). Los pintores, a lo
largo de la Historia, se han encargado de ofrecernos unas imágenes idílicas de la casa de María,
pero la realidad es que la gente vivía en
cuevas naturales de la ladera de la montaña.
La sociedad, en tiempos de
María, era como una pirámide, dividida en grupos sociales muy rígidos. En la cúspide se encontraba el sanedrín, presidido
por el sumo sacerdote. En el lado opuesto se encontraban los grupos marginados:
extranjeros, pecadores, enfermos de todo tipo, y, en cierto modo, mujeres y
niños.
Desde el momento del nacimiento
quedaba patente la marginación de las
mujeres, por el modo de reaccionar los vecinos y el propio padre del bebé. Si
había nacido un niño se entonaban cantos
de júbilo y se felicitaba al padre. Si había nacido una niña había un silencio
profundo y la gente le decía al padre de familia: “Que el próximo sea varón”.
Se consideraba que “la semilla se había desperdiciado”.
El padre de familia reaccionaba
como amo y señor de la vida. La ley decía: “Si
es un varón, tenlo, si es una niña, exponla”. El libro de Ezequiel dice: “Te arrojaron a campo abierto…” (16, 5).
Eso significaba que podían “exponer” a
las niñas, o sea, sacarlas fuera de la población y dejarlas a la
intemperie, a merced de cualquier animal
que las devorara o de alguna persona que quiera recogerlas (para bien o para
mal).
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