03 julio 2012

Felisa Elizondo: "Las mujeres en la Iglesia reclaman otro reconocimiento"


Por José Manuel Vidal
Felisa Ezondo es una mujer excepcional, aunque sea también muy humilde y sencilla. Teresiana y profesora de antropología teológica en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid (ISPM) y en la Universidad San Dámaso.
Se jubila, pero está jubilosa de jubilarse, y seguirá dedicándose a escribir sus artículos y sus libros. Un faro de ternura y cordura en nuestra Iglesia.
No te prestas demasiado a esto de las entrevistas.
No soy muy televisiva, ni en mi figura ni en mi estilo. Me he dedicado a enseñar, pero lo que he hecho ha sido, sobre todo, aprender.
Tu última lectio fue el pasado 24, con mucha laudatio.
Creo que una laudatio excesiva, pero me la explico por el cariño. No quiero quitarle honradez a la capacidad de juicio y buen tino de Juan Martín Velasco, que fue quien me recibió, y en cuyo equipo de profesores he trabajado veinte y tantos años.
¿Más de 20 años en el Instituto Superior de Pastoral?
Sí, y los mismos en el grupo de la tarde de la facultad de San Dámaso, frecuentado sobre todo por laicos, y algún seminarista.
Fuiste una de las primeras mujeres que empezó a estudiar teología en serio en el Angelicum de Roma, y que se preparó para dar clases de teología.
Sí. No sé si antes hubo alguien inscrita en algún curso, pero yo en el Angelicum, desde luego, estuve sola durante los estudios. Entré en octubre del famoso 68. Yo iba de la Universidad de Barcelona, donde ya la protesta por el régimen español se notaba. Pero al llegar a Roma me encontré con otro clima completamente distinto: era una Roma post-conciliar que hervía. A modo de anécdota, yo atravesaba Piazza Venecia entre hilera de hippies pasivos, nórdicos. Ese mismo año fue el aplastamiento de la Primavera de Praga, y esto a los estudiantes nos conmovía. Las manifestaciones eran contra la invasión de Checoslovaquia. El Partido Comunista Italiano se empezaba a desligar del partido de Moscú, y también nacían grupúsculos de izquierda a la izquierda del partido comunista. Todo este hervidero de la ciudad de Roma también repercutía en las pontificias. Yo vivía en contacto con profesoras de liceos civiles, y eso también me daba el clima de la ciudad de Roma.
¿O sea que viviste el momento de ilusión post-conciliar y de irrupción de la mujer?
Sí. Yo entré porque el Concilio había ya abierto la puerta. Me recibió (con un poco de extrañeza, pero positivamente) un dominico francés, que en un primer momento pensó que iba matricular a mi hermano. Nos entendimos como pudimos, y me hizo la inscripción. Empecé a ir a clase, donde todavía algunos profesores explicaban las clases en latín eclesiástico (aunque ya estaba empezando a usar el italiano). Pero tengo que decir que en general la experiencia fue grata, hicieron lo posible por aceptar lo nuevo.
Eras la única mujer, ¿entre cuántos hombres?
En el curso unos 20. En todo el Angelicum, centenares. Además, en aquellos años había comunicación con la Gregoriana, que era vecina. Mis compañeros se quitaban la sotana y hasta el clergyman, y vestían anoraks. Se notaba el clima post-Vaticano II, sobre todo en la renovación de las materias, porque algunos profesores confesaban que estaban aggiornando los apuntes.
¿Un clima en el que, según dicen algunos, nos hemos pasado?
Yo no tengo esa experiencia. Lo que me extraña es esa especie de freno, que nunca he visto escrito, a que las mujeres asistamos a las clases de la mañana de los seminarios. Algún decano me aseguró que había esas normas, pero no escritas. A mí eso me extraña, porque yo tengo una experiencia muy positiva.
¿Todavía hoy una mujer no puede asistir a las clases de teología de un seminario?
En algún sitio las han restringido. En otros han encontrado la manera de que sea posible. La restricción nunca se ha hecho total, pero sé que en algún caso les ha afectado. Algunas mujeres que han sido admitidas en las facultades, pero que en los seminarios han sido frenadas. Y nunca he entendido por qué.
¿En qué te especializaste al terminar Teología?
Una tesis sobre la experiencia, conocer por experiencia, de Santo Tomás. Tardé un poco en presentarla porque alterné con otros trabajos, de asesoría culural y educativa en la institución teresiana. Luego empecé a enseñar en la San Dámaso, y en el ISPM, a partir del año 88.
¿Hasta hoy?
¡Fíjate los cientos de clases que habré dado!
En el Instituto te encontraste con las grandes "vacas sagradas" de la aplicación del Concilio en España.
Sí: Maldonado, Casiano... ellos tenían muy presente que tenían que hacer una pastoral renovadora, que llevase adelante las pautas del Concilio. Yo intenté hacer lo posible por hacer de mi enseñanza una tutoría con mis alumnos, una enseñanza en que se intenta comunicar, con un lenguaje comprensible y actual. He intentado comunicar los grandes temas de la fe y de la antropología cristiana de una manera comprensible para ellos, pero que pasara también por mi comprensión. Porque uno también tiene que hacer una cierta actualización de su comprensión.
¿Rigor y capacidad divulgativa?
Sí, para ayudarles a ellos a usar las palabras menos inadecuadas.
¿Sin vosotros, sin toda la gente de la que estamos hablando, el Concilio no se habría aplicado en España como se aplicó?
Ellos y mucha gente más. Se hicieron proyectos en facultades de Barcelona, en Granada... Vitoria no se puede olvidar tampoco. Los grupos que trabajaron en la Pastoral hicieron un intento de llevar adelante, de renovar y de hacer fecunda la teoría. Y fue un esfuerzo muy notable.

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