Ahora bien, no tienes derecho a ciertas
cosas alegando que estás cabreado. Es más, puedes reconocer tu propio
enfado como una oportunidad para algo más grande y mejor, darle la
vuelta a la situación y seguir adelante con las miras bien altas.
- No tienes derecho, por ejemplo, a decir cualquier cosa soltando por la boca perlas negras y dardos envenenados. Los enfados suelen desembocar en disputas diferentes a las que motivaron el inicio de la situación, porque abren frentes y arrojan basura sobre otros que nunca quisiéramos haber dejado escapar de cualquier modo. Algo nos dice que quien habla enfadado, pierde la razón, o al menos el sentido de lo que cuenta. Difícilmente será escuchado quien mantienen una postura cerril y cerrada, cabizbaja y huidiza.
- No tienes derecho a perder de vista la persona que tienes delante. Que unas veces será más débil que tú, otras más fuerte. No necesariamente en relación al físico. Sino al rango, poder o autoridad. Nadie puede esconderse detrás de su enfado para olvidar lo que otros han hecho por él en multitud de ocasiones en la vida, del amor compartido, de la amistad labrada. El enfado no puede conducir, legítimamente, a la destrucción de lo comenzado antaño, hace tiempo, y conservado en otras ocasiones. Me duele enormemente esta situación entre familiares y amigos, que por cabezonerías dejan que un enfado marque un antes y un después.
- No tienes derecho, por estar enfadado directamente, a considerarte mejor que nadie, ni a usurpar el lugar que no te corresponde. Y esto creo que incluso en aquellos casos en los que lleves toda la razón del mundo, incluso estando en posesión de la verdad absoluta.
- No tienes derecho a mantener una postura eternamente, limitando a otros en sus palabras, en su petición de perdón, en su deseo por aclarar y reconciliar las situaciones. El enfado no puede suponer la eliminación de la condición libre de los demás, juzgándoles siempre del mismo modo, como si no tuvieran la oportunidad, y el privilegio humano, de rectificar y cambiar. En el caso de estar enfadados con motivos más que suficientes. Y lo dicho de otros, vale también para uno mismo, cuando los motivos de nuestro enfado están infundados, carecen de base o son fruto de engaños y apariencias, a los que todos estamos tristemente sometidos con frecuencia. No tenemos derecho a limitar nuestra vida a un enfado concreto, ni a impedir nuestro propio cambio.
- No tienes derecho, en útlima instancia, a quedarte solo, ni a vivirlo solo. En esto, como siempre, vence el individualismo y la separación cultivada durante años en las sociedades “modernas y desarrolladas” (siempre en tono de ironía, porque no creo que sea cierto que vayan tan unidas como las pintamos habitualmente). El enfado será cosa de dos, o más. Y como tal, responsabilidad de todos. Luego atañe a todos, quizá en distinto grado e implicación. Pero lo personal y lo solitario no se dan la mano. Un enfado, para ser vivido y afrontado, requiere de varias presencias. Nadie puede perdonar en abstracto ni perdonarse a sí mismo.
Lo dicho de los enfados, en general, se abre también a otros campos.
Son estos aquellos que nos permiten descubrir que nos tomamos en serio
las cosas, que conviene no traspasar determinados límites, y que no
estamos solos en el mundo, ni siquiera cuando pensamos que así es. Este
sentimiento puede, si se quiere, abrir la puerta de una reflexión madura
y compartida, de una sentada serena para conversar sobre algo
importante o un paseo determinante en nuestra propia historia. Sin duda
alguna, el enfado propicia que estemos más sensibles a lo que otros nos
dicen, y también por ello exige una cierta prudencia que es motiov de
alegría, de la que carecemos en situaciones ordinarias. Nos provoca
igualmente un desahogo grande, al decir ciertas cosas que llevamos
dentro, que quizá no sabíamos que estaban almacenadas, y en ese sentido
pide una cierta reconciliación con uno mismo de forma natural y sana.
Se me antoja terminar el post diciendo una pequeña barbaridad, que confío no enfade demasiado a nadie: “Si
estás enfadado, ¡felicidades! Algo te importa de aquí abajo y de allí
arriba, alguien reclama tu amor y tú reclamas el amor y cuidado de
alguien.” E igualmente, si es con Dios, que sepas que tienes
una oportunidad excelente de ponerte a la escucha, pasados los primeros
combates, porque Dios resiste el enfado del corazón recto que busca la
verdad y se sienta con él a hablar como amigo.
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