Por José Cristo Rey García Paredes
No deja de ser curiosa la comparación entre los dos términos:
“magisterio” y “ministerio”. El magisterio viene del adjetivo latino
“magis”, que significa “más”: Magis-ter (maestro) es aquella persona que
destaca o está por encima del resto por sus conocimientos, habilidades.
En cambio el término ministerio viene del adjetivo latino “minus”, que
significa “menos”. Minis-ter es aquella persona que sirve, o el
subordinado que apenas tenía conocimientos o habilidades. El latín nos
explica porqué cualquiera puede ser ministro, pero no maestro. Hablemos
pues del ministerio en la Iglesia en sus diversas versiones laical y
ordenada. Todo auténtico ministerio cristiano ha de estar revestido de
un fuerte componente de “minoridad” y de “servicio”, porque un
ministerio que no sirve, ¡no sirve!
Ministerios Laicales: la fuerza de la diaconía
La diakonía es común y fundante para toda forma de ministerio en la iglesia: la diakonía, que tuvo en Jesús, el Hijo del hombre, – «no he venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45)–, su iniciador.
1. Del dinamismo de los sacramentos (bautismo, confirmación, eucaristía
y sacramentos de las formas de vida cristiana) brota un tipo de
ministerialidad eclesial que es constitutivo para la iglesia. Todo christifidelis,
hombre o mujer, puede y debe ser denominado “ministro”, servidor de la
iglesia. Realiza su servicio desde los dones particulares que ha
recibido. A la ministerialidad laical le corresponde la mayor parte de
la diaconía cristiana. Todos los miembros de la Iglesia están llamados a
participar activamente en la misión y construcción del pueblo de Dios.
2. Los christifideles laici han de ocupar su propio lugar en
el entramado eclesial sin complejos y con toda responsabilidad. Deben
vivir su identidad ministerial de forma positiva y como auténtica
vocación. El laicado es agente de evangelización y en sus innumerables
miembros tiene potencialidades apostólicas todavía inéditas. Cada christifidelis es único e irrepetible y tiene derecho a actuar en la iglesia así como es.
3. Todas las profesiones, las artes, las actividades que ejercen los
bautizados son ministerio del reino de Dios, servicios y expresiones de
una iglesia ministerial en el mundo, en la sociedad. El servicio social
de la política, de la economía, de la administración de justicia, de la
investigación, de la docencia, de la sanidad, del arte, son y deben ser
auténticos ministerios del reino de Dios. Cuanto redunda en servicio
directo de las comunidades cristianas esos servicios son ministerios
eclesiales.
4. Ministerios laicales y ministerios ordenados deben estar
constantemente en “mutua relatio”. Esta relación recíproca está basada
en la sacramentalidad, de la que derivan todos los ministerios. No se
debe sobreponer ningún ministerio a otro. De los ministros ordenados se
decía antiguamente Pro laicis, non super laicos. Las
diferencias ministeriales no implican diferencias de dignidad. En la
iglesia prevalece, ante todo, la fraternidad y sororidad. El principio
de unidad en la iglesia es el Espíritu Santo. Por eso, es tan importante
en el funcionamiento de la comunidad de fe, no solo el assensus fidei de los christifideles laici, sino el con-sensus fidei.
5. En la iglesia de nuestro tiempo se hace necesario liberar los
carismas laicales, ponerlos al servicio de la vida y misión de la
iglesia y ministerializarlos. Esto no significa tanto someterlos a un
reconocimiento litúrgico o ritual, cuanto ser conscientes de que la
relación iglesia-mundo se efectúa principalmente a través de esta
riquísima ministerialidad, en la que todos están llamados a ser actores.
Esta forma de diaconía configura la existencia cristiana, como vida de
servicio, de caridad.
6. Una especial atención merece en nuestro tiempo la ministerialidad
laical “a modo femenino”. El tema complejo de la ordenación de las
mujeres o la aceptación de mujeres en el ministerio ordenado ha sido en
estos últimos años motivo de un gran debate ecuménico, en el que unas
iglesias se han desmarcado –un tanto unilateralmente– de las otras. Este
debate ecuménico puede clarificar el tema de la ministerialidad y
ofrecerle nuevas perspectivas. En todo caso, se aprecia un consenso
cada vez mayor en reconocer la importancia que tiene para la iglesia y
su misma identidad la ministerialidad femenina, en sus variantes
carismáticas y ministeriales. La incomodidad que han podido experimentar
dentro de la comunidad eclesial las mujeres va mucho más allá de una
simple reinvindicación de poderes o privilegios. Se trata de configurar
la iglesia de Jesús según su más dinámica y creativa voluntad. El
reajuste que produce en la iglesia el redescubrimiento de la identidad
ministerial femenina, implica consecuencias importantes para la
identidad masculina.
7. Entre las formas de ministerialidad laical y femenina es importante
prestar atención a la ministerialidad propia de los carismas de vida
consagrada. El mismo concilio Vaticano II denominó a la vida consagrada sacrum ministerium. En sus diversas formas carismáticas (apostólica y contemplativa), la vida consagrada potencia la diaconia caritatis. Es una forma estable de vida, que se caracteriza por la ministerialidad.
8. Como hemos podido constatar, la ministerialidad laical es maleable.
Puede ser vivida en distintas formas de vida. No hay, en principio,
ministerios laicales que exijan una peculiar forma estable de vida.
Pueden ser ejercidos tanto desde la forma de vida secular como
consagrada, matrimonial como celibataria.

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