El luto es fluorescente en el Sahel. Las mujeres de Dankoré burlan a la
muerte con ropajes coloristas. El hambre, que no hace prisioneros por
estas tierras, ha arrebatado hijos en cada casa como una maldición
bíblica, pero no hay tiempo para lamentos. Las madres lo perciben antes
que nadie y hay que actuar rápido: el tercer jinete cabalga de nuevo.
Hasta esta Comala del Sahel se acerca Zailouba con una niña a cuestas, 18 kilómetros a pie por la nada ocre con un saquito de huesos a la espalda de nombre Zakia. No está sola. Otras 300 madres con sus 300 hijos hacen cola en el centro de nutrición que gestiona Save the Children y financia la Aecid
(Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo). Por
desgracia, esta escena se repite el mismo día en incontables puntos de
un desierto de baobabs que no respeta fronteras. Un millón de niños puede morir de hambre en los próximos meses en el Sahel, bocas hambrientas con nombre y apellidos.
Zakia espera su turno bajo una emboscada de luz incandescente que
gratina cosechas como si fuera el horno de dios. Una báscula, un cajón
de madera con un metro y un brazalete para medir el perímetro del brazo
ponen números a la evidencia: sufre una desnutrición severa
que ya se percibe en su tripa hinchada, en sus piernas de cáñamo, en su
piel arrugada, en su pelo ralo y anaranjado. El doctor aclara: "Se
llama marasmo, uno de los síntomas tangibles del hambre". Su madre dice
que no tiene con qué alimentarla...

No hay comentarios:
Publicar un comentario