Correr no cura, pero espanta males. Y cuando se hace de corazón y acompañada de un ejército de sonrisas, genera tal sobredosis de optimismo y energía que nada, ni siquiera una temible enfermedad, se antoja imbatible. Ayer, el número récord de 4.000 mujeres se calzaron unas deportivas y se embutieron en una camiseta rosa para exhibirla durante cinco kilómetros a través de las calles de Vitoria y proclamar que las afectadas por un tumor de mama no están solas.
Sobre el asfalto, las participantes -de entre catorce y más de ochenta años- fueron muchas más. «Las inscripciones se agotaron hace una semana, pero sabemos que muchas se han sumado a la marcha. Ha sido un éxito», contaba un pletórico Martin Fiz.
Tal fue la marea fucsia, que las corredoras tardaron hasta siete minutos en atravesar el arco de salida, instalado en el paseo del santo, junto al aparcamiento de Mendizorroza. Entre ellas, una debutante Maru Alonso, que pocas horas antes sacaba brillo a la noche vitoriana. «Apenas he dormido, pero me había comprometido a venir porque a cualquiera nos puede tocar», contaba junto a su amiga Lourdes Salvidea. La dorsal 1155 empeoró su marca con respecto al año pasado, pero esa no era la cuestión. «Lo importante es la causa. Merece la pena venir y ver el ambiente tan chulo que se crea».
El reloj de la V Carrera de la Mujer, patrocinada por EL CORREO, se paró pasada una hora, dieciséis minutos y seis segundos del pistoletazo de salida. La mejor marca en lo deportivo, la de la triatleta italiana aficanda en suelo alavés Raffaella Ciavola. En lo solidario, 8.000 piernas al galope contra el cáncer de mama, gracias a las que la organización podrá destinar 4.000 euros recaudados a la asociación española de lucha contra esa enfermedad.
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