"Cada mañana Dios nos ofrece una jornada entera preparada por Él mismo; no hay nada más ni nada menos, nada inútil. Esta jornada es una obra maestra que Dios nos pide que vivamos. Cada minuto de la jornada permite a Cristo vivir a través de nosotras en medio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Vivir con manos agarradas a la persona de nuestro Señor y los pies bien plantados en medio de la muchedumbre de los que no creen... En nuestra sociedad se precisan mujeres de adoración, que arranquen todos los días un tiempo de oración... Extraer, mediante la oración, la vida del corazón de Dios para el mundo es la gran habilidad de nuestro amor.
Hay que aprender a estar solas con Dios cada vez que la vida o la jornada nos reserva una pausa, y no malgastarla: en el metro, en un café, en un comercio, esperando el bus, en la cocina...
En medio de la masa, corazón con corazón, apretados entre tantos cuerpos en el tren del metro, todos desconocidos, nuestro corazón late como un pajarito apretado en un puño. El Espíritu Santo, todo el Espíritu Santo, en nuestro pobre corazón. El amor, tan grande y tan ancho como Dios mismo, pulsa mi corazón como un mar que quiere liberarse, que quiere expandirse, entrar en todas estas gentes...
Señor que la costra que cubre mi corazón no sea un obstáculo para que pase tu amor. ¡Pasa! ¡Traspasa! Mis ojos, mis manos, mi boca, son tuyos".
(Madeleine Delbrêl)

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