10 abril 2012

Pedir consejo (y dar consejo)

Desde siempre, las pequeñas historias de los sabios, con sus discípulos haciendo de preguntones, me han encantado. Y desde siempre me ha llamado la atención que sus respuestas no fueran más claras y más contundentes. Como si la sabiduría, la maestría y la verdad vinieran de forma velada y mucho más universal de lo que creemos. Dicho de otra manera, que las respuestas superan en interrogantes a la pregunta primera, y sin embargo, tienen la fuerza de orientar nítidamente la vida en general, y no sólo en los aspectos particulares que dieron origen a la conversación primera.
Por otro lado, descubro muchas personas que están ávidas de respuestas en nuestras sociedades de la información y del lo-sé-todo-científico, que van de un sitio a otro buscando a quién preguntar y cómo hacerlo de tal modo que se comprenda a qué se refieren realmente. Tarea, dicho sea de paso, nada fácil. Y no me refiero sólo a adolescentes fuera del ámbito doméstico, donde demuestran que lo saben todo sobradamente, ni a jóvenes que han dejado el tiempo de la seguridad autoafirmativa, sino también a quienes se inician en la vida adulta y a adultos mismos en situaciones bastante precarias, incómodas, desprotegidas y desprovistas. Adolescentes, jóvenes y adultos que comparten, de raíz y sin atender a sus contextos concretos, la carga de soportar y darse cuenta de que la persona no crece, ni camina, ni ama siquiera, sino a base de preguntas radicales. Adolescentes, jóvenes y adultos que se dan de morros, de frente y con fuerza, con la esencia lógica y dialógica del ser humano, que es ser primeramente que pregunta, y pregunta constantemente, y pregunta sobre todo, y especialmente sobre lo importante, antes que ser alguien que responde o las tiene todas consigo o se conforma con dos o tres indicaciones generales sobre la existencia, el mundo, su vida y muerte, el amor, o Dios mismo.
Por José Fernando Juan