Desde siempre, las pequeñas historias de
los sabios, con sus discípulos haciendo de preguntones, me han
encantado. Y desde siempre me ha llamado la atención que sus respuestas
no fueran más claras y más contundentes. Como si la sabiduría, la
maestría y la verdad vinieran de forma velada y mucho más universal de
lo que creemos. Dicho de otra manera, que las respuestas superan en
interrogantes a la pregunta primera, y sin embargo, tienen la fuerza de
orientar nítidamente la vida en general, y no sólo en los aspectos
particulares que dieron origen a la conversación primera.
Por otro lado, descubro muchas personas que están ávidas de respuestas en nuestras
sociedades de la información y del lo-sé-todo-científico, que van de un
sitio a otro buscando a quién preguntar y cómo hacerlo de tal modo que
se comprenda a qué se refieren realmente. Tarea, dicho sea de paso, nada
fácil. Y no me refiero sólo a adolescentes fuera del ámbito doméstico,
donde demuestran que lo saben todo sobradamente, ni a jóvenes que han
dejado el tiempo de la seguridad autoafirmativa, sino también a quienes
se inician en la vida adulta y a adultos mismos en situaciones bastante
precarias, incómodas, desprotegidas y desprovistas. Adolescentes,
jóvenes y adultos que comparten, de raíz y sin atender a sus contextos
concretos, la carga de soportar y darse cuenta de que la persona no
crece, ni camina, ni ama siquiera, sino a base de preguntas radicales.
Adolescentes, jóvenes y adultos que se dan de morros, de frente y con
fuerza, con la esencia lógica y dialógica del ser humano, que es ser
primeramente que pregunta, y pregunta constantemente, y pregunta sobre
todo, y especialmente sobre lo importante, antes que ser alguien que
responde o las tiene todas consigo o se conforma con dos o tres
indicaciones generales sobre la existencia, el mundo, su vida y muerte,
el amor, o Dios mismo.
Por José Fernando Juan

1 comentario:
Gracias.
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