Carta nº 136 Diciembre 1897
“Dios sea bendito por
todo, que no faltan cruces”
Ya han pasado dos domingos de
cuaresma y nos disponemos a iniciar una nueva semana, una nueva oportunidad de
seguir creciendo. Siempre hay oportunidades; esto es una buena excusa para
recordarnos que no podemos confiarnos, que el camino no es de rosas sino de
cruces, pero que a la vez es camino para agradecer y bendecir.
La
vida nos va dando alegrías, como la que hemos tenido hace poco en el colegio
con motivo de la salud de un profesor. Donde parecía que sólo había sombras,
aparecen tres lucecicas que generan mucha esperanza, pero mucha esperanza
vital. Y cuando digo “la vida”, por supuesto me refiero a aquel que nos dijo
que Él era el camino, la verdad y la VIDA. Pues en Él confiamos y a Él hemos
dirigido nuestras plegarias, directamente y a través de la intercesión de
nuestra querida M. Cándida.
Y
es ella la que nos recuerda hoy, que no faltan cruces, cuánta razón tenía,
cuanta verdad encierran estas palabras y cuanto realismo las acompañan. Y
cuando llegan esas cruces ¿qué pasa?. Pues no debería pasar más que aceptación
y escucha para poder poner todo nuestro ser a trabajar, nuestra razón para que
entienda y no se desespere, nuestras manos para seguir ayudando en lo que
podamos, nuestro cuerpo para seguir haciendo caso a quien nos lo está curando y
nuestro corazón, ese motor tan importante para bendecir a Dios por todo. Ya sé
que parece un poco teórico lo del corazón bendiciendo con las cruces encima,
pero nada de eso. Es posible. Es real. Más todavía, es uno de los mejores
remedios para sanar, porque es preciso sanar por dentro y por fuera. Por fuera
ya se encargan los médicos, pero por dentro debemos poner mucho de nuestra
parte.
Caminar
con cruces no es fácil. Nadie lo ha dicho. Pero hay muchas formas de caminar. Y
eso es lo que nos toca: elegir la forma en la que queremos caminar, la forma en
la que queremos que esa cruz no nos borre la sonrisa.

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