Los años de la facultad. Una jornada de paro convocada por alguna
reforma de ley, por algún recorte presupuestario hoy olvidado. Una
manifestación dirigida hacia el Rectorado, la Delegación de Gobierno la
Consejería o el Ministerio de Educación. Las carteles, los megáfonos, las consignas.
Aquella chica tan guapa/aquel chico tan guapo con mirada soñadora que
marchaba a unos metros. Los tipos de la CNT, desafiantes, a la cola de
la manifestación. La llegada a la sede del poder. ¡Todos sentados! Una
botella de cerveza que vuela y estalla en el suelo...
Para algunos, aquel fue uno de los grandes momentos de esa época:
emocionante, energético y necesario. Para otros, fue una experiencia
horrorosa, un 'descubrirse rebaño' por primera vez en la vida. Desde
entonces, cada convocatoria a una manifestación, cada recogida de firmas,
cada acto de protesta colectiva es un dilema entre la causa, percibida
como más o menos noble, y la incomodidad que se siente en la categoría
de 'abajofirmante'.
Por Luis Alemany

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