En Europa y Norteamérica estamos atravesando un invierno duro
vocacionalmente. Con el bajísimo índice de natalidad y el fuerte viento
del secularismo, el clima no es propicio para las vocaciones. Sin
embargo, son abundantes en Asia y África. Porque parece que este es el
signo del bienestar de la Vida Consagrada. Es decir, va bien, si hay
muchas vocaciones. Va mal, si no hay vocaciones. Y pocos se acuerdan de que las vocaciones son un don de Dios. Y pocos se atreven a decir que la cantidad no es sinónimo de calidad.
El Espíritu Santo ofrece sus dones
cuando quiere, a quien quiere y donde quiere. Porque no deja de actuar
en su Iglesia, también el nuestro es tiempo de religiosos.
Los rasgos emergentes de una nueva Vida Consagrada son múltiples.
Unos tienen señales de espectacularidad. Otros son más ocultos, pero
llevan dentro su novedad y riqueza. Las nuevas comunidades son regalos que el Espíritu hace en este desierto que atravesamos.
Pero, como las caravanas en el desierto, los que están cargando con el duro peso de las instituciones, servidoras de la Iglesia y de la humanidad, son las grandes órdenes y los institutos apostólicos. Aun contando con gente mayor.
Por Aquilino Bocos CMF

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