La Vida Religiosa (VR) ya no es lo que era. En las últimas décadas,
este brazo irreemplazable de la Iglesia católica se ha visto sacudido
por los acelerados cambios de la sociedad contemporánea.
Siempre en las fronteras, lo que les hace estar más expuestos a los
vaivenes de nuestro tiempo, los consagrados ven cómo su mundo está en
crisis.
En Occidente hay escasez de vocaciones,
las casas se cierran, los carismas se disuelven. Incluso las
congregaciones con más amplia historia no tienen garantizada la
continuidad. Y, si logran sobrevivir, lo harán con un rostro nuevo,
el de los novicios de países africanos, asiáticos y latinoamericanos.
Los institutos serán así menos europeos y más universales, como la
propia Iglesia.
En mitad de este largo otoño por el que está pasando buena parte de la VR, algunas nuevas iniciativas encuentran un terreno fértil para florecer. Aunque son independientes entre ellas y aparecen en países diferentes, tienen puntos en común: un gran ardor evangelizador, unas posturas conservadoras, una preocupación por los aspectos exteriores, como los hábitos, y un interés por los temas sociales más tímido que el de muchas congregaciones clásicas.
Iesu Communio, el instituto religioso femenino
nacido en el antiguo monasterio de las clarisas de Lerma (Burgos), es el
ejemplo más evidente de esta nueva realidad surgido en España.
Por Darío Menor

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