20 febrero 2012

PERLA ESCONDIDA EN LA CARTA Nº 134


Carta nº 134     Noviembre 1897
“Mire que es Dios, que quiere que suframos los trabajos con paciencia y alegría”  
Cerca del inicio de la Cuaresma (recuerdo que el miércoles 22 es miércoles de ceniza), aparece la carta 134 y en ella una perlica que nos habla del auténtico sentido de estas fechas que iniciamos.
Primero que es Dios, descubrir que es Dios, reconocer que detrás de todo está Dios, y que ese Dios nunca quiere nuestro sufrimiento por el hecho mismo de sufrir. No es un Dios que se alegra cuando ve a sus hijos sufrir, o pensar que la Iglesia establece tiempos para sufrir. Pensar esto es reconocer que no he entendido nada del tiempo que se acerca. Dios, simplemente, está ahí, compartiendo nuestro tiempo y nuestra vida, siendo apoyo cuando estamos regular y siendo compañero de compartir alegrías.
Y aunque pueda parecer lo contrario de lo que estoy diciendo al seguir leyendo la perla, creo que tiene otra lectura más sencilla: los sufrimientos llegan sí o sí, por lo tanto hay que descubrir cómo llevarlos, cómo entenderlos, cómo afrontar esa enfermedad que no entiendo. Muy bien, muy bien, pero ¿cómo sufrir esos trabajos, cómo llevar esos sufrimientos, cómo llevo ese día a día?
Y la respuesta no tarda en aparecer: paciencia y alegría. La verdad es que son buenas recetas. En varias cartas han salido estas dos palabras, y las hemos comentado. Creo que eran claves para la vida de la M. Cándida y para compartirlas con sus hermanas. Todavía más, me aventuro a decir que así las ponía en la práctica ella misma y esto era lo que le daba fuerza y autoridad para cuando se lo decía a cualquier hermana que le preguntaba al respecto.
Este puede ser un buen propósito para esta Cuaresma que, de nuevo, nos abre sus puertas: llevar los trabajos, los sufrimientos, con paciencia y alegría.
Creo que la alegría no es contraria al sufrimiento, cada vez conozco a más gente que es capaz de hablar de esto con una simple sonrisa e incluso con una carcajada. Y cuando esto ocurre es cuando descubro que las palabras de la M. Cándida adquieren su autentico sentido. Y ante esto sólo se me ocurre aprender, rezar y caminar.

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