11 febrero 2012

La VISITA a la CATEDRAL

Recuerdo que una mano me llevaba
y  que, en la mano, un corazón latía,
una savia caliente, que subía
por mis dedos y que me confortaba.

Recuerdo que mi madre la apretaba
como abrazando mi alma, que decía:
“Mira, ahí está Dios, Dios”, y que tenía
temblor su voz cuando lo mencionaba.

Y yo buscaba al Dios desconocido
en los altares, sobre la vidriera
en que jugaba el sol a ser fuego y cristal.

Y ella añadía: “No le busques fuera,
cierra los ojos, oye su latido.
Tú eres, hijo, la mejor catedral”.

Por Martín Descalzo
Visto en Taller de oración

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