Un
profesor universitario se dirige a sus alumnos de posgrado en un aula
de la Universidad Complutense de Madrid: «¿Conocen ustedes las
categorías de Aristóteles?». Silencio en los pupitres. «No, claro», se
responde a sí mismo el profesor, «ustedes son hijos de la Logse
y eso ya no tiene remedio». La anécdota, real, ilustra una percepción
arraigada en la sociedad española, el del constante e imparable
deterioro del sistema educativo desde la implantación de aquella ley
considerada por muchos nefasta. Luego llegarían otras, pero ninguna
enmendó el desaguisado.
La reforma de la enseñanza secundaria y del bachillerato avanzada el pasado martes en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados por el nuevo ministro del ramo, José Ignacio Wert,
supondrá un nuevo golpe de timón en el sistema educativo español, una
nave de rumbo errático desde hace ya demasiado tiempo. Wert comprometió
un año menos de Secundaria y uno más de bachillerato y Formación
Profesional media, manteniendo la escolarización obligatoria en los 16
años.

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