Mina está satisfecha con su trabajo. No importa que tenga que levantarse
a las seis de la mañana y acostarse a la una de la madrugada, siete
días a la semana, para ganar 600 takas (6 euros) al mes. Ni que quienes
la emplean la griten y la insulten a menudo. “Aquí, por lo menos, no me
pegan tanto como en trabajos anteriores”, explica. “Me dan de comer dos
veces al día, tengo algo de ropa, y a veces me dejan ver la televisión”,
añade. Además, tiene suerte porque el padre de familia no ha abusado sexualmente de ella,
algo habitual entre las empleadas del servicio doméstico en el
subcontinente indio. Mina tiene 10 años, pero ya conoce varios casos de
niñas que no volverán a serlo más.
Por Zigor Aldama

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