Carta nº 14 Enero 1890“… le suplico me diga si para algo me necesitan”
Había una vez una joven que se enteró que su prima necesitaba un poco de ayuda. Y después de hacer un brevísimo análisis de cómo recorrería los 170 kilómetros que separaban ambas casas, decidió ir a visitarla.
Y así durante seis días fue haciendo el camino de la disponibilidad. Etapa a etapa, pueblo a pueblo, paso a paso. Y por fin llegó allí donde la necesitaban y saludó a su prima y se quedó con ella un tiempo mientras hizo falta. Esta joven se llamaba María.
Y, aprendiendo de ella, alguien suplica le digan para qué la pueden necesitar. Alguien que tiene claro cómo debe ser la vida de un cristiano. Si no estamos disponibles ¿para que servimos?
Estar disponible es estar atento a las necesidades de los demás. ¡Qué bien suena esto! ¡Por favor! ¡Qué maravilla! Y qué gran mentira puede ser a la vez.
Estar disponible es fastidiarte, es romperte los esquemas, es quitarte la comodidad, es acercarte muchas veces a la soledad y a la incomprensión, es buscar donde nadie quiere mirar y decir yo sí, mientras me necesites estaré. Y esto cuesta mucho. Pero es posible. Es la parte alta del listón del evangelio. Es algo más que un hecho aislado. Es una forma de vivir.
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