Vamos a meditar sobre algunos aspectos del Adviento inminente y lo vamos a hacer en el horizonte de esta intención evangelizadora: “Proponer el anuncio del Evangelio de Jesucristo, de modo significativo, a los hombres y mujeres de nuestro tiempo”1. Tres grandes anhelos espirituales y prácticos del Adviento.
Es un lugar común decir que el ADVIENTO es un tiempo de espera activa, por tanto, de preparación a la venida del Niño-Dios en Belén y, como insistiré, a su presencia perenne en la historia. Porque el Niño-Dios que viene, ya está aquí, siempre está aquí.
Esa preparación o espera activa, se traduce para mí en tres grandes anhelos espirituales y prácticos:
Es renovar nuestra confianza en la promesa de Dios y, por ende, alimentar y celebrar nuestra esperanza: “Confiad siempre en el Señor”, en palabras del profeta Isaías 26, 1-6
Es renunciar a todo aquello que se nos ha pegado al “espíritu” y nos hace vivir sin tensión cristiana alguna, perfectamente acomodados al “espíritu” del tiempo y su insoportable levedad: “Nosotros esperábamos que él fuese el liberador de Israel,... pero, hoy, son ya tres días que ocurrió” (Lc 24, 21).
Es acoger una misión que nos sobrepasa, la de testigos, de palabra y obra, de la Buena Nueva del Reino de Dios, “un tesoro que llevamos en vasijas de barro” y que quisiéramos responder con un “proclama mi alma la grandeza del Señor... porque se ha fijado en la humillación de su sierva” (Lc 47-48).
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