Sumergidos ya en el ambiente navideño constatamos una vez más que no
es oro todo lo que reluce, ni es luz lo que pensamos que nos ilumina.
Cada año pasa lo mismo, se va apagando la dimensión cristiana de le
Navidad y va creciendo la dimensión de unas vacaciones de invierno.
No hay ninguna consigna, ni planificación perversa que intente ir
camuflando la alegría que nos aportó Jesús. Pero sí se da una
contradicción social: ¿cómo justificar el despilfarro que se nos ofrece
como felicidad con la celebración de un nacimiento en pobreza, privación
y marginación?
Por Jesús Renau

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