Llevaba más de 30 años dedicándose a la pastoral penitenciaria y no
tenía ninguna intención de abandonar su tarea. Cada mañana se levantaba a
las cuatro de la madrugada y, a pesar de estar enferma, no pensaba
retirarse: «Me jubilaré cuando vaya al cielo», dijo hace unos meses al
diario Abc.
Dar amor a los cautivos
Tras hacer un rato de oración: «porque yo sola no puedo hacer nada»,
salía del convento de la Hijas de la Caridad en Madrid y esperaba una
hora o dos o las que hicieran falta en la calle, y daba igual que
lloviera, nevara o cayera un sol de justicia. Sor Tripi tenía un
compromisos con sus presos y eso era sagrado. Cogía el autobús y
recorría cientos de kilómetros para ir de una cárcel a otra, dando amor a
los cautivos.
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