El 26 de mayo de 2013 Edu decidió dar un paseo andando desde Madrid
hasta Zaragoza. No tenía mucho que hacer por entonces. Si ya cuesta
encontrar trabajo, no digamos recién salido de pagar diez años de
cárcel. Calculó que, yendo ligerito, el peregrinaje le llevaría unos 20
días. Pero en la primera jornada se le hizo de noche buscando la
carretera de Barcelona a la altura de Barajas y se refugió en la T4. Ahí
se quedó. Fin del viaje. Justo donde el resto comienza el suyo y donde
él, vigués chaparrito de espaldas anchas, sigue esta mañana después de
un año y medio rodeado de un montón de maletas que guarda a un euro el
bulto. Resulta que no está solo. En esta misma terminal, construida por
la rutilante estrella de la arquitectura Richard Rogers
y Antonio Lamela a cambio de 6.200 millones de euros, viven una
treintena de personas sin hogar. Algunos desde hace años. Pero la
mayoría son invisibles para los viajeros.
Por Daniel Verdú

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