Llego por la tarde a la Escuela
Hogar de la Madre Teresa en Granada. Decenas de chavales, niños, niñas y
adolescentes corretean por un soportal sombreado y lleno del ruido de
la vida de estas criaturas. Estamos a las faldas de la
Alhambra. Son menores en régimen de acogida. Cada uno, con historias de
dolor y de un sufrimiento que pareciera no caber en esos cuerpecitos. Su
infancia es cualquier cosa menos un amable paraíso.
Empezamos el taller en la azotea de la casa y les pregunto: ¿Quién quiere convertirse esta tarde en cantautor o cantautora? Muchos levantan la mano.
Vamos a hacer juntos una canción colaborativa sobre lo que son y lo que
su vida es en aquel cálido lugar. No es una tarde más, ni un taller
más. Pronto me doy cuenta al escucharles que me arañan sus heridas. Se
va desatando dentro mío un torrente de rabia , pena y ternura, a la vez
que juego con ellos , con la guitarra y las palabras. Tejemos poco a poco un telar de rimas y versos que contienen lo que sienten y lo hacemos canción.
Y se aplauden, y ríen, y la belleza y la magia nos envuelve en esa
escondida sensación que a veces tiene uno de estar viviendo un instante
que no vas a olvidar. Terminamos de componer la canción y la grabamos.
Han compartido cosas muy duras y otras muy hermosas. Todas de alguna
manera quedan en el corazón de este humilde canto nuestro. Han sido 3
horas de pura vida. Me despido “tocado” de todos y todas y muy
agradecido por el privilegio de este rato.
Por Rafa Sánchez
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