Vaya por delante que, por mucho que uno
sintetice, no se puede resumir la vida en un concepto. Tengo la
sensación de que son demasiados momentos, caminos, nombres, heridas,
aciertos y equivocaciones lo que se va incorporando al equipaje, y
tratar de reducirlos a uno sería demasiado. Con esa salvedad, si tuviera
que utilizar un solo concepto, ese sería, precisamente el de “Palabra”. Creo que la palabra define en buena medida mi vida. Y es por tres razones.
Primero, porque sigo a Aquel que se define como Palabra,
la palabra viva de Dios. La Palabra que se hizo carne y acampó entre
nosotros, como nos recuerda el evangelio del día de Navidad. Palabra que
no se queda en los labios, sino que se convierte en beso, en gesto, en
abrazo, en compromiso real y aterrizado, en bienaventuranza encarnada.
Todo esto es Él, y por eso mismo, uno, con mucha más fragilidad y mucho barro en las alas, intenta ser, al menos, eco de esa palabra en nuestro mundo.
Y esa Palabra, que es Jesús, va tomando rostros, formas y matices que
para mí se han convertido en manantial en el que uno encuentra mucha
vida: y es “amor”, “misericordia”, “justicia”, “pasión” o “libertad”.
Por J.M. R. Olaizola sj

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