Por
situaciones propias y por lo que otras personas me relatan, pensaba
estos días en las 3C que minan nuestra vida. Se van introduciendo
imperceptiblemente en el organismo y lentamente van contaminando
nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras acciones. Al
principio nos parecen inofensivas, ¿quién no tiene un poco de ellas?
Pero poco a poco tiñen nuestra mirada, hasta tal punto que se pierde la
luz que guardan los rostros y las cosas.
Es
como un virus que se nos instala, sin que suenen señales de alarma,
hasta que un día de pronto nos damos cuenta de que ha dañado nuestro
disco duro y de archivos queridos que serán difíciles de recuperar.
Estas 3C dan tono a nuestras conversaciones, arañan nuestra estima e
introducen en nosotros una creciente rigidez. Y ahí estamos, muchas
veces, sometidos a ellas y sentimos que sólo por nuestra cuenta no
podemos romper su círculo letal y necesitamos clamar: «¡Líbranos, Señor,
de las 3C! Líbranos de Compararnos, de Competir y de Criticar, de estos
verbos que arrasan una vida. Transforma este virus para que pueda mutar
en nosotros, arranca sus raíces de la tierra del corazón o
¿no es posible del todo, como aquello que contabas del trigo y la
cizaña? Al menos, nos pones a mano el único genérico que puede sanarnos.
Nos lo muestras desde el principio con amorosa paciencia ¡somos tan
torpes! Toda la Sagrada Escritura nos lo pone delante, todos tus amigos y
amigas a lo largo de la historia se lo tomaron».
Por Mariola López Villanueva

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